Una Abadía hecha para unir hombres y pueblos


La Granada de finales del siglo XV era una sociedad abigarrada, social y culturalmente. También era la ciudad de moda, que se estaba construyendo a sí misma de nuevo. La mirada estaba toda puesta en el futuro. La ciudad atraía hacia sí a personajes de todas partes (de Europa, del Norte de África, de Asia y de América): mercaderes, vividores, buscavidas, cazadores de fortunas. La figura de la nueva administración implantada desde los Reyes Católicos en ella, era de lo más moderno que había en la época. Pero esa época era también una época en la que renacía y se rendía culto al paganismo greco-romano, tanto en el arte y en la literatura como en las costumbres, y tanto en Roma como en Florencia o en Venecia, en Amberes o en Paris.

Luego estaba la herida del problema morisco, para nada resuelto un siglo después de la conquista de la ciudad. Los métodos de las conversiones forzadas y en masa promovidas por Cisneros no podían sino crear resentimiento. Las capitulaciones de la Reina Isabel —tan cristianas, tan equitativas— con respecto a sus personas y a sus propiedades no habían sido respetadas. La rebelión de las Alpujarras, con las masacres de cristianos y las quemas de Iglesias que tuvieron lugar allí, ensanchó el abismo que separaba a los moriscos que había en la ciudad y en los alrededores de los cristianos venidos del Norte, de Castilla, de Lisboa, de Alemania o de Flandes. Era difícil no poner en relación esa rebelión con el predominio de las naves turcas en el Mediterráneo y con la amenaza de un intento por recuperar el territorio del Reino de Granada o de parte de él. La tremenda represión de Don Juan de Austria a la rebelión morisca no hizo sino agravar la herida. El arzobispo Don Pedro de Castro protestó vigorosamente al rey por esa  represión. Habían pasado algunas décadas ya de los martirios cristianos y de la represión morisca, pero la herida seguía abierta del todo.

Es entonces, en 1588, cuando tienen lugar los hallazgos, primero, del pergamino de la Torre Turpiana, y luego, en 1595, de los libros plúmbeos en la colina de Valparaíso. Obra probablemente de los moriscos Miguel de Luna y Alonso del Castillo, los libros contenían, en unas pequeñas planchas de plomo, diecinueve tratados de tipo religioso escritos en árabe que pretendían remontar al siglo primero, y que hacían referencia a los orígenes del cristianismo en Granada. En esas planchas, la figura de Santiago ocupa un papel prominente, así como su discípulo San Cecilio, considerado el primer obispo de Granada, y otros compañeros suyos. Aunque los libros fueron minuciosamente estudiados en su momento, y la Iglesia los rechazó como falsos y los condenó en 1682, se está hoy a la espera de la primera edición crítica con criterios modernos que viene siendo preparada desde hace años por un grupo de investigadores de la universidad de Leiden (Holanda). Y parece que sus trabajos están ya en su fase final.

A mi juicio, esa edición crítica permitirá estudiar los libros al margen de la polémica (bastante absurda a estas alturas) sobre la autenticidad o la falsedad de los libros y sobre su carácter esotérico. Permitirá también sin duda algo que hace muchísima falta para comprenderlos mejor: estudiarlos a la luz de los procedimientos literarios propios de la literatura oriental en general (desde tiempos del Antiguo Testamento),  y especialmente de la abundantísima literatura popular cristiana (y también musulmana), de tipo apocalíptico o polémico, que existió, primero en siríaco, luego también en árabe, desde finales del siglo VII. Uno de los procedimientos más conocidos en esa literatura era el de contar una historia (o crearla) con el fin de explicar o de promover una actitud en el presente. Por poner sólo dos ejemplos muy sencillos, si dos tribus se unían en un pacto, se creaba directamente un relato que las hacía descender del mismo antepasado. Cuando el llamado Apocalipsis de Pseudo-Metodio (escrito en torno al 691 d. C., en tiempo del califa Abdu-l-Malik), sueña con que el imperio bizantino y el imperio etíope se unan para expulsar a los árabes de los territorios que habían ocupado, narra cómo un supuesto Byzas, hijo de un tal Maqedonios (ambos legendarios), que habría sido el el fundador de Bizancio, se casó con una princesa etíope. Estos procedimientos nos resultan a nosotros incomprensibles o impresentables desde nuestra sensibilidad histórica, pero han sido moneda corriente en las literaturas orientales de tipo popular, y todo el mundo los entendía. Otro ejemplo bastante conocido entre quienes trabajan en este tipo de literatura es la Leyenda de Bahira, un monje (seguramente también legendario como figura histórica) del que se dice que tuvo relación con Mahoma, y acerca del cual nos hablan las tradiciones musulmanas, igual que se conservan varias versiones cristianas de su “historia”.

Los libros plúmbeos del Sacromonte son de finales del siglo dieciséis, sin duda alguna, y lo que importa es la intención para la que fueron escritos. En mi impresión, esa intención en su núcleo es bastante simple: tratar de establecer, mediante los procedimientos habituales en la literatura popular en lengua árabe (y aprovechado también una cierta conciencia histórica nueva que estaba naciendo en el mundo europeo) dos principios clave que pudieran aproximar a las dos comunidades, la morisca y la cristiana. A los moriscos, se trataba de recordarles sobre todo que el cristianismo había estado en al-Ándalus bastante antes de la llegada de los árabes y del Islam. A los cristianos, especialmente a los que “importaban” del norte las modas de vestir y de comer y los modales “flamencos”, se les recordaba en cambio que quienes trajeron el cristianismo a Granada venían de Oriente, probablemente vestían y comían como los moriscos. Incluso algunos de ellos eran árabes, como el propio San Cecilio en la construcción de los libros plúmbeos. Por lo tanto, no había motivo alguno de desprecio ni para los moriscos ni para sus costumbres ancestrales.

Si esta hipótesis se mostrara verdadera, el sentido de los libros plúmbeos (y en consecuencia, el de la Abadía del Sacromonte), sería precisamente el de intentar tender algunos puentes entre las dos comunidades enfrentadas cultural y religiosamente. Eso podría explicar lo que a veces se llaman rasgos “sincretistas” que se dan en ellos, y que será preciso analizar cuidadosamente cuando la edición crítica esté disponible. Pudiera ser que algunos de esos rasgos fueran menos significativamente sincretistas si se ven a la luz de esa tradición literaria popular, tanto musulmana como cristiana, que tenía su origen en Oriente. Y es posible que en ese horizonte que pudiéramos llamar “ecuménico” los libros plúmbeos hayan querido incluir también de algún modo la memoria de la comunidad judía mediante la prominente presencia del “sello de Salomón” en los libros, que se convertiría además en el símbolo mismo de la abadía del Sacromonte.

Los hallazgos de los libros hacen que el lugar donde fueron encontrados —hoy “las santas cuevas”—, recibiese el nombre de “Sacromonte” o “monte sagrado”, según una denominación que no era excesivamente rara en esa época, especialmente en Italia, para lugares montañosos en los que había memoria de algún hecho considerado sobrenatural o sumamente extraordinario.

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Éste es el contexto en el que D. Pedro de Castro inicia la construcción de la Abadía del Sacromonte. La Abadía nace de los libros plúmbeos y a causa de los libros plúmbeos, pero su horizonte es desde el primer momento más amplio. La abadía trata de unir a una sociedad dividida. En realidad, se trata de llevar a cabo una “segunda evangelización” de aquella sociedad que en muchos aspectos no podía considerarse cristiana. No sólo por la presencia de moriscos o de judíos conversos a medias, sino porque igualmente eran sólo cristianos a medias o descaradamente paganos muchos de los repobladores del norte o quienes habían acudido a Granada para sacar “ganancia de pescadores” en el río revuelto de aquella sociedad compleja y herida. De hecho, el proyecto de la Abadía, y su proyección a la educación y al estudio desde el primer momento, conecta con las iniciativas de San Juan de Ávila de fundar una universidad en Baeza y numerosos colegios y seminarios dispersos por Andalucía. Como Don Pedro de Castro era hijo de un Virrey de Perú, la abadía tiene también una conexión con América Latina que está por estudiar casi enteramente. Incluso podría uno preguntarse si el proyecto mismo de la abadía, con su devoción mariana y su finalidad de unir en torno a la Virgen a la multiforme sociedad granadina de la época, no recibe alguna inspiración del papel que jugó la Virgen de Guadalupe en la evangelización de Méjico.

La abadía, encomendada al clero diocesano de Granada y no a una orden religiosa, ha sido durante siglos ante todo eso, un centro de fomento y de desarrollo de la vida cristiana. Toda ella gira en torno a la figura de la Virgen Inmaculada, a quien “no tocó el pecado primero”, como reza el lema de la abadía, y que ha sido venerada por cristianos y musulmanes; y en torno al Corpus, esto es, a la presencia viva de Cristo en medio de los hombres y de su historia, que es el centro mismo de la fe cristiana. Los estudiantes de la abadía juraban defender con su sangre la verdad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, y es seguro por eso que la abadía ha jugado un papel no pequeño en el reconocimiento del dogma de la Inmaculada por Pío IX. Cuando el arzobispo D. Pedro de Castro es destinado a Sevilla, se lleva consigo las dos devociones centrales de la abadía del Sacromonte: la Inmaculada y el Corpus Christi. Gracias a la abadía, el dogma de la Inmaculada y Granada tienen en la historia unos vínculos imposibles de borrar.

La abadía es el lugar de la memoria de los tempranos orígenes cristianos en Granada (aparte de las leyendas de los libros plúmbeos, el Concilio de Elvira, el primer concilio cristiano del que se conservan las actas, a comienzos del siglo IV, antes aún de la paz de Constantino, tiene lugar en Iliberis, que sería después Granada). Y la abadía se hace lugar de peregrinación, casi como un pequeño “Santiago de Compostela” en Andalucía. Es lugar de oración, de trabajo y de estudio, de educación, de misión y de caridad. Su universidad, además de la filosofía y la teología, y los dos derechos, canónico y civil, enseña la filología trilingüe (hebreo, griego y latín), más el árabe, que fue siempre amado y respetado en ella. Sus capitulares tienen que ir a predicar en los pueblos cercanos, y las rentas y beneficios de sus tierras se destinan a becas para estudiantes necesitados. Uno de sus capitulares, gran jurista y pedagogo, y profesor de la Universidad de Granada, fundaría las Escuelas del Ave María para niños necesitados, una iniciativa que se extendería por numerosas provincias españolas y hasta fuera de España.  Todo esto forma parte del patrimonio intangible de la abadía, que ha dado veintiocho rectores a la universidad de Granada, y veinticuatro obispos a diversas diócesis de España y América, dos de ellos —Manuel medina Olmos y Diego Ventaja— ya beatos porque fueron martirizados en la persecución religiosa del 1936. Y si Dios quiere, y con la ayuda de muchos, la abadía seguirá cumpliendo en el futuro esa preciosa misión de unir a hombres y mujeres de distintos pueblos, mundos y culturas, de educar en el respeto y el amor mutuo, y de contribuir al bien de todos.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada